lunes, agosto 15, 2011

Emily/ Alexander Campos Soto


Mientes, con el corazón en la mano, siempre mientes.

Mientes, sin pronunciar una sola palabra, siempre mientes.

Te quitas el abrigo y te sientes pleno, con el estómago vacío pero satisfecho de no hacer nada. Luego procedes a ensayar un desgano mal dosificado con esa mueca de vicisitudes infranqueables que te regalaron los años malbaratados.

Un vetusto televisor blanco y negro encendido, una radio portátil en el suelo escupe noticias del espectáculo mientras recibe toda la fuerza del sol que, hostil e impenitente, se cuela por la ventana, y un juego de corbatas sucias colgando de la manija de la puerta. Todo lo miras con atención, mientras mientes: la almohada sobre tus piernas y tus codos sobre la almohada, el terno en una orilla de la cama y una toalla higiénica impecable percude el velador (¿de dónde la sacaste?, ¿dirás la verdad?, no, porque, ambos lo sabemos: tú, mientes). Un vaso de vidrio con agua mineral y dos pastillas para combatir la ansiedad descansan sobre una Biblia robada de un hotel de mormones que se crisparon al verte llegar borracho aquella noche que el editor se cagó en tu primer capítulo.

El espejo en el techo que pusiste agotando tus últimos billetes y soñando con parejas itinerantes, novias y putas, quizá alguna compañera de la Universidad o el resultado de un flirteo en los saunas que visitas los sábados por la tarde. Pero no hay nada, ese espejo sólo conoce tus pijamas de veterano solitario y tus calzoncillos níveos que cambias cada tres días. ¿Mentirás ahora que suena el teléfono y sabes que te pedirán, una vez más, que pagues la deuda que contrajiste al comprar el ajuar funerario que alquilas cada muerte de obispo? No, no mientes. No puedes mentir cuando caminas por la avenida Zarumilla y pasas por la tienda de Emily, intentas decirle algo y aceleras el paso, cobarde. ¿Qué es mentir para ti? Disfrutar de películas del cine mudo, hundir tostadas en un té frío y hurgar tus narices mientras repasas cómics que te sabes de memoria.

Hace tres horas que sigues pensando en lo mismo: qué hice para merecer esta vida, en dónde se quedaron atrapados mis sueños, por qué Emily me resulta tan inalcanzable, qué estará pensando mi madre de mí, por qué siempre termino haciéndome las mismas estúpidas preguntas.

Nada ayuda, todo es un infierno para ti, menos el manuscrito, garrapateado con correcciones y notas a pie de página, que reposa en una caja de cartón debajo de la cama, ¿verdad? El título provisional es parco y más obvio que tú falta de talante: EMILY. Sí, con mayúsculas. Once capítulos y un colofón con un final efectista: la plagias, la violas y luego te envenenas. ¿Te parece buena una novela tan poco original? Sí, respondes en silencio, pero no te creo porque tú siempre mientes. ¿Por qué dejarla viva después de haberla vejado durante meses? ¿Vale la pena vivir luego de ser ultrajada por un onanista infecto que nunca conoció enamorada? ¿No sería mejor cumplir con las botas puestas con las penalidades de la cárcel? No, jamás. Un cobarde como tú no aguantaría 24 horas en la cárcel. ¿O sí? Mientes.

Ahora vuelves la mirada y detrás de ti, Emily descansa, duerme y un leve sudor ilumina su semblante y la hace más apetecible. ¿Lo harás? ¿Te atreverás? Dime cómo hiciste para que llegara a tu cama, ¿la drogaste o acaso le vendiste mentiras como sueles hacerlo con la gente te tiene la mala fortuna de prestarte atención?

Te acercas, puedes percibir su aliento, no quieres despertarla pero ya es demasiado tarde:

–¿Qué pasa? –te pregunta con un marcado desasosiego.

–Nada –respondes, mintiendo una vez más–. ¿Quieres leer mi novela?

–No lo sé –te dice tratando de comprender–. ¿Qué novela?

–Mi novela, la que se llama como tú: EMILY, con mayúsculas.

Ella no entiende y tú sabes que una y mil vidas no alcanzarán para entenderte:

–Tengo un mejor nombre, pero es un secreto que sólo puedo compartir contigo.

Te acercas, despacio, respiras sobre su oído. Preparas las palabras, tratando de no mentir, pues tiene que saber lo que ahora le espera:

–El ajuar funerario de Emily.


Alexander Campos Soto
Escritor peruano (Santa Cruz, Cajamarca, 1990). Ha publicado en el “Diario la costa” de Venezuela, en la revista “Letralia” y en los blogs de los críticos: Camilo Fernández Cozman (miembro de la Academia Peruana de la lengua) y de Gabriel Ruiz Ortega. Sigue estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad San Martin de Porres.


miércoles, agosto 10, 2011

El Chevrolet verdolaga/ Orlando Mazeyra Guillén*

"Si no duele, no vale"
A
lberto Fuguet

De un tiempo a esta parte tengo mucho apetito.

—Es la ansiedad —le aclara su madre—. Cuando uno está ansioso le aumenta el apetito. ¿Por qué no recoges la ropa de los cordeles para que te relajes un poco?

—Está bien.

—Pero no toda la ropa: deja oreando las medias y los calzones. Lo demás lo dejas en el cuarto de planchado.

El cuarto de planchado estaba en el último piso de la casa. Ahora, que no había sirvienta, esa pieza luce vacía.

Ezequiel lleva seis meses angustiado, buscando un nuevo trabajo y tratando de escribir sus memorias. El siquiatra le ha recetado un ineficaz antidepresivo con nombre de ópera de Verdi: Traviata. Toma una cápsula en las noches acompañada de un hipnótico que lo ayuda a dormir poco y mal.

Él, además, tiene muchas ganas de volver a beber, pues dos meses sin probar una sola cerveza le está resultando algo doloroso, insufrible, por eso le tiemblan las manos y las piernas y se pone a comer de una manera exagerada. Ezequiel es consciente de eso. Ha subido mucho de peso.

Se detiene en el último cordel: no le hizo caso a su madre (recogió también las medias y los calzones), sólo restan un par de polos y una camiseta de fútbol que él reconoce con un gesto no exento de júbilo. Escudriña el cordel con detenimiento, lo tensa jalándolo hacia abajo y luego hacia arriba.

—Está bueno como para matarse —concluye—. Aunque un poco complicado ahorcarse con un cordel. Debe haber formas más sencillas.

Recoge la ropa e ingresa al cuarto de planchado. La cama es vieja y cuando uno se echa hace un ruido extraño. «Esta cosa está a punto de caerse», piensa Ezequiel, «como mi vida. Sí, como yo: a punto de caer».

Esta reflexión, luego de unos minutos bañados en titubeos, lo lleva a la cornisa de la casa desde donde puede ver el auto verdolaga de su padre, aquél que él nunca pudo manejar por ser un alcohólico irredento.

—Tu papá no te da el auto porque bebes, ¿entiendes o no?

—No. No entiendo.

—¿Acaso tu hermano menor se emborracha como tú?

—No me importa.

—A ti no te importa nada: sólo te importas tú.

Son sólo cuatro pisos, sin embargo, si se deja caer de cabeza justo encima del automóvil Chevrolet quizá resulte. Sería una buena forma de poner fin a su vida, castigando de paso a su padre por su infinita mezquindad. Por no haberle enseñado a manejar, por no hacerlo parte de su vida. Por excluirlo de cosas a las que su hermano sí accedió. Todo lo que sucedía en el mundo le parecía un océano de injusticias. Un océano en el que deseaba hundirse de una vez por todas.

Está decidido. Lo hará. La pregunta es: ¿cuándo?

«Ahora mismo», se dice con firmeza, «si no lo hago ahora, no lo haré nunca». Regresa al cuarto de planchado y se pone la camiseta de su club de fútbol, despacio, se la calza y se siente con ánimos renovados como cuando jugaba pichanguitas en el parque del barrio.

Vuelve al filo del techo y mira al auto reluciente: «¡Perfecto! Mamá lo acaba de limpiar». Tendrá que impulsarse para caer justo en el medio. Espera destrozarlo, incrustarse en él. Mejor que mejor si logra posicionarse en el asiento del conductor.

Retrocede varios pasos para tomar vuelo. Embiste contra la nada y se lanza de cabeza. Antes de llegar al suelo siente cómo su nuca apenas roza el parachoques.

No llega a decepcionarse por esta venganza torpe y fallida, el tiempo sólo le alcanza para sentir cómo, allá arriba, el vigoroso viento de agosto estremece a los cordeles.

Ezequiel acaba de perder el conocimiento: ya no hay más ansiedad… ni tampoco ropa tendida.


Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980). Con su primera obra, Todo comenzó en la universidad, ganó el Primer Premio Nacional Universitario Nicanor de la Fuente, organizado por la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque y fallado por Oswaldo Reynoso y Óscar Colchado. Posteriormente recibió el subsidio del Proyecto NAE (Nuevos Autores en Español) de la editorial Libros en Red de Buenos Aires y publicó ahí su primer título. Ha publicado los libros de cuentos Urgente: necesito un retazo de felicidad (Bizarro Ediciones, 2007) y La prosperidad reclusa (Cascahuesos Editores, 2009). Blog de su obra: http://laprosperidadreclusa.blogspot.com/